Cuando
tenía 21 años, en mis etapas
finales de estudiante, empecé a entrar a una etapa de cuestionamiento. Veía que
tan pronto salían las personas de estudiar se iban a la calle como locos a
entregar curriculums vitaes, para ver
si alguien le daba un trabajo, para trabajar como burros y cobrar un sueldo que no daba para nada, y tener luego que
sacar una tarjeta de crédito para empezar a endeudarse. Yo comenzaba a
sospechar algo raro, y si mencionaba algo era como si estuviese hablando en
chino, ya que todo el mundo se encontraba esto normal.
También
escuchaba a la gente hablar de maestrías y post-grados, y cuando decían la
razón de por la cual querían, era para tener un “mejor empleo”. Eso a mí me
asustaba. No que esté en contra del empleo o las maestrías, pero yo veía hacia donde iba esa vida y no me
gustaba para nada. Empecé a aprender que la mayoría de los negocios son un
espejismo, y que están a flote a base de deudas y de trabajar 70 horas a la
semana. Empecé a cuestionarme si realmente uno era dueño de un negocio o si el
negocio era dueño de uno. Nuevamente, nadie parecía sospechar nada, y se
encontraban eso como normal.
